sábado, 6 de diciembre de 2014

domingo, 7 de septiembre de 2014

Mitades



Entre ellos existía una especie de idioma absurdo basado en la complicidad y el roce de dos cuerpos que encajan perfectamente, como si hubieran sido moldeados el uno para el otro y vinieran así, de fábrica. Pero no era sólo algo físico: igual que sus dos cuerpos encajaban, también lo hacían sus almas. Quizás fuera el hecho de que ambos estaban algo rotos. 
Sus mitades se unen para sanar, y se regeneran.



lunes, 4 de agosto de 2014

La inmensidad de lo pequeño


Había el tipo de luna que más me gusta.
De esas veces que parece que una personita podría sentarse en ella y dejar los pies colgando. Igual que mis propios pies, colgando del bordillo de la piscina y rozando suavemente el agua. Él estaba de pie junto a mí. Las luces proyectaban su sombra sobre el agua, una sombra enorme, como de gigante. Mis pies parecían diminutos comparados con esa sombra. Se balanceaba de un lado a otro como si estuviera nervioso. Solía hacerlo mientras hablaba, pero en ese momento estaba callado.
Habíamos creado, sin darnos cuenta, una realidad paralela de escalas estratosféricas. Donde la luna y mis pies eran diminutos, él y su sombra gigantes. Todo ello envuelto en un color noche con pinceladas de azul, el azul de la piscina reflejado en nuestros rostros. Habíamos alterado el espacio-tiempo y no éramos capaces de hablar. Yo pensaba en las escalas y en la inmensidad de lo pequeño, y él escoltaba mis pensamientos con su porte de gigante silencioso que sabe parar el tiempo.



jueves, 29 de mayo de 2014

Epitafio del caos


II
No es ningún secreto que me gusta disfrazarme
de duda, de silencio, de ilusión marchita
de café recién hecho
de calada, de zorra, de resaca
de raya del ojo mal pintada,
de pestaña y de silueta
                                    entre mis preferidos.
De aquella que escribe poemas en servilletas
y estudia las condiciones atmosféricas
que esconde un estado de ánimo tras una mirada tuya.

Soy la que mejor conoce tu forma de diseccionar la realidad
con esos ojitos
con tus manos de pianista,
ahí me disfrazo de carcajada,
o de juego de palabras absurdo
y tú me miras.
Me miras y descubres mi disfraz, descubres
 todos mis disfraces,
diseccionas mi realidad
y te ríes
porque sabes que hemos ganado,
que ya no es ningún secreto.

Sabes perfectamente lo mal que escribo
cuando estoy enamorada,
y que odio estar triste y escribir cosas
que te hagan llorar.
Aunque tú pienses que el dolor,
como los pecados y los cigarros a medias,
debería ser compartido.
Me dijiste una vez que te encanta mi caos,
y creo que tenemos un problema,
a los dos nos gusta el desastre,
nos atrae la autodestrucción.
Y dónde acabará este río…

Resulta irónico que, con todos mis disfraces,
aún no haya encontrado el de valiente.
Me sigo conformando con el de niña silenciosa
que no se atreve a pedirte que te quedes.
Y que tú, con todo tu ingenio,
con todas tus disecciones de realidades y
universos para-lelos,
aún no hayas aprendido a desentrañar
el “ven” que hay detrás de todos mis silencios.
El “no te vayas”,
el “te necesito”
el “no me sueltes”
el “quédate”…





lunes, 31 de marzo de 2014

No te salves


Pero dime, ¿qué harás?

Cuando los caminos se tuerzan y las cuerdas se enreden, y las entrañas se arranquen. Y qué harás cuando se rompa la carcasa y explote la mierda, qué harás después de tantos años de ocultarte tras los muros que tú misma construiste. Y que hoy permanecen.
Qué harás.
Cuando solo sean tus pies y un abismo. Es tan fácil quedarse inmóvil, ver la ciudad en slow motion. Una ciudad de diablos que destruyen sus hígados y retuercen sus almas detrás de cualquier barra. Una ciudad de estruendos, de poetas frustrados que persiguen un par de piernas, de cáscaras huecas y lunas medio vacías, y alcantarillas y muros grises y personas rotas. Qué harás cuando despiertes allí, en esa ciudad maldita. Cuando se nublen las señales y no baste con lanzar los dados, con desear consumirte como un cigarrillo en sus labios. Cuando diseñar universos entre los pliegues no sea suficiente. Cuando su piel te atrape, te mastique y luego te expulse. Qué harás cuando tu propio caos te devore.


Y quién estará ahí para salvarte.



martes, 25 de marzo de 2014

Lo que no nos contaron


¿Y qué hay de lo que no nos contaron?

Yo conozco heridas bajo la piel que callaron demasiado tiempo y escocieron demasiado. Heridas de las que jamás encontrarás nada escrito. Miento: se ha escrito tanto sobre el amor. Ya todo nos suena aunque no lo hayamos vivido, es como un terrible déjà vu.
Yo tengo nudos en la garganta que dejarían sin respiración a cualquiera, que pararían cualquier amanecer por la ventana. Yo sé de cicatrices capaces de atraer una mirada y provocar escalofríos. Conozco el dolor, lo he saboreado entre mis dientes, lo he sentido entre mis entrañas. Me he follado al dolor y me he ido sin despedirme la mañana siguiente. Me he creído invencible, poderosa y fuerte.
Pero siempre vuelve y me recuerda lo fácil que es caer y romperse en pedacitos.

Lo frágiles que somos en realidad.


lunes, 17 de febrero de 2014

¿En tu herida o en la mía?



“El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.”
 Milan Kundera - La insoportable levedad del ser    


Es verdad que algunas personas nos rompen muy bonito.

Desde fuera se huele, se puede palpar la herida. El problema es que son heridas difíciles de curar: no son simples rasguños ni tropiezos. Son profundas grietas que vienen arrastrando de muy atrás. Algo se clava y duele pero te resistes a sacarlo, y sigue avanzando, la herida se va haciendo más grande, pero junto al dolor hay un placer que te inmuniza. O eso crees.
Crees que lo compensa todo, ¿no es así? Que todo eso se canjea en días robados y arañazos en la espalda, o al revés. Abrazándonos mientras el mundo se derrumba, y nosotros nos reconstruimos. Que se arregla diseñando universos entre los pliegues. Que todo lo construido tras la piel no tiene precio. Te equivocas. Se paga con cicatrices. ¿Y te digo lo peor? Estas no desaparecen. Al contrario: te marcan de la peor forma posible. Te vuelves amante de los desastres, de las personas rotas, como tú.
Después de todo no es más que una terrible adicción. Es una especie de masoquismo emocional, que te va salvando hasta destrozarte por completo. Pero no deja de cautivarte esa forma de hacerse añicos.

Es la belleza detrás del caos.