lunes, 4 de agosto de 2014

La inmensidad de lo pequeño


Había el tipo de luna que más me gusta.
De esas veces que parece que una personita podría sentarse en ella y dejar los pies colgando. Igual que mis propios pies, colgando del bordillo de la piscina y rozando suavemente el agua. Él estaba de pie junto a mí. Las luces proyectaban su sombra sobre el agua, una sombra enorme, como de gigante. Mis pies parecían diminutos comparados con esa sombra. Se balanceaba de un lado a otro como si estuviera nervioso. Solía hacerlo mientras hablaba, pero en ese momento estaba callado.
Habíamos creado, sin darnos cuenta, una realidad paralela de escalas estratosféricas. Donde la luna y mis pies eran diminutos, él y su sombra gigantes. Todo ello envuelto en un color noche con pinceladas de azul, el azul de la piscina reflejado en nuestros rostros. Habíamos alterado el espacio-tiempo y no éramos capaces de hablar. Yo pensaba en las escalas y en la inmensidad de lo pequeño, y él escoltaba mis pensamientos con su porte de gigante silencioso que sabe parar el tiempo.